Durante el 2025, el periodismo se enfrentó, de forma abierta y explícita, a una guerra contra su legitimidad. No solo por el avance de gobiernos dispuestos a desmantelar los contrapesos democráticos, ni por el creciente protagonismo de corporaciones tecnológicas que regulan el acceso a la información desde lógicas opacas, sino también por una combinación inédita de factores que tuvo como protagonistas a la desinformación impulsada por algoritmos, los discursos que incitan al odio, las narrativas polarizadas y una erosión deliberada de la confianza pública.
En ese contexto, desde la Red Ética reafirmamos nuestra misión de defender la calidad del oficio y acompañar a las audiencias con un periodismo más transparente, autocrítico y centrado en las personas. Por eso, durante este año publicamos análisis, entrevistas, recursos prácticos, reflexiones, pódcast, consultorios éticos, blogs y coberturas especiales que abordaron los dilemas más urgentes del oficio en una región atravesada por crisis políticas, sociales y tecnológicas. Hablamos de libertad de prensa y seguridad para periodistas; del ascenso del autoritarismo y la manipulación digital; de cómo cubrir lo viral sin explotar el dolor de otros; del impacto de las Big Tech; y de los límites éticos de la inteligencia artificial.
Antes de cerrar el 2025, hacemos un recorrido por esas ideas que atravesaron el año y los contenidos y debates que marcaron nuestra conversación colectiva y que revelan el momento crítico que vive el periodismo y las tensiones estructurales que ya están reconfigurando el oficio.
1. El avance explícito contra el periodismo
Durante años se ha hablado de una “crisis de credibilidad de los medios”, pero en 2025 quedó claro que ya no se trata solo de desconfianza, sino de una ofensiva directa contra el periodismo como institución democrática.
En la Red Ética analizamos cómo discursos políticos cada vez más agresivos, campañas de desinformación organizadas y ataques coordinados en redes sociales construyen un entorno hostil para la información verificada, en el que la censura tradicional no es el único fin, sino que también se implementan estrategias más sofisticadas que buscan incitar el desgaste reputacional, acoso digital, judicialización del oficio y la estigmatización sistemática de periodistas y medios.
Nuestros análisis sobre el retorno de Donald Trump al centro del poder político, el papel de figuras como Jeff Bezos, Mark Zuckerberg o Elon Musk en la amplificación de narrativas extremas, y las reflexiones sobre el periodismo colombiano frente al ruido electoral mostraron que el ataque al periodismo ya no es lateral ni implícito, sino frontal y deliberado. Frente a este escenario, insistimos en la pregunta incómoda pero necesaria, sobre cómo ejercer el periodismo cuando informar se convierte, cada vez más, en un acto de resistencia.
2. Las Big Tech como actores políticos
¿Puede el periodismo cumplir su función democrática cuando otros definen las reglas del juego informativo? Uno de los consensos que emergió con fuerza este año fue que las grandes plataformas tecnológicas dejaron de ser intermediarias neutrales y hoy son actores políticos activos con capacidad de moldear el debate público.
Desde el desmonte de los sistemas de verificación de hechos hasta los algoritmos que priorizan el contenido más polarizante, analizamos cómo empresas privadas deciden qué circula, qué se invisibiliza y bajo qué reglas. En 2025 advertimos, además, que las estrategias de desinformación son cada vez más híbridas y difíciles de identificar, al combinar incentivos económicos con activismo aparentemente genuino y desplazarse de entornos cerrados hacia un ecosistema multiplataforma más complejos en los que hay una autorregulación fallida, decisiones reactivas e inconsistentes y una reducción deliberada de la transparencia. Lo que no sólo afecta la sostenibilidad, sino también la autonomía editorial de los medios, que se ven obligados a hacer una búsqueda constante de nuevas formas y herramientas de investigación y verificación sin posibilidad de estandarizar y sostener un método en el tiempo.
En este contexto, reflexionamos sobre la necesidad de repensar la relación entre periodismo y plataformas, de reducir la dependencia de modelos que castigan el rigor y premian el ruido, y de construir alianzas que permitan disputar el control de la información.
3. La inteligencia artificial como dilema estructural
En 2025 la inteligencia artificial dejó de ser una promesa o una curiosidad técnica para convertirse en un problema ético estructural. No solo porque automatiza procesos, sino porque redefine lo qué entendemos por mediación periodística, autoría y responsabilidad.
Desde el Consultorio Ético hasta los análisis editoriales, discutimos el uso de herramientas de IA en la edición, la escritura y la distribución de contenidos, además, advertimos que el riesgo no está solo en el uso de estas herramientas, sino en la falta de transparencia sobre cómo operan y cómo influyen en la percepción de la realidad, e insistimos en que la discusión sobre su implementación no puede reducirse a la eficiencia o la productividad, sino que debe centrarse en el impacto sobre la calidad de la información y la confianza pública.
En ese sentido, la pregunta central sobre este dilema no es tecnológica, sino ética: ¿qué se pierde cuando se delegan decisiones editoriales a sistemas entrenados con lógicas cuestionables y sesgos invisibles? La respuesta, aunque evidente en su urgencia, sigue siendo fragmentaria y desigual, pues el periodismo se encuentra aún en una suerte de «año cero» frente a la IA, un momento inicial marcado por la experimentación, la incertidumbre y la confrontación de posturas en el que aún no existe un acuerdo sólido ni pautas claras y compartidas que permitan a las redacciones establecer estándares comunes de uso responsable, lo que deja al oficio expuesto a decisiones improvisadas en un terreno que redefine de manera profunda la producción informativa.
4. El dolor convertido en espectáculo
Otro eje recurrente de nuestra conversación fue la forma en que la lógica de la viralidad transforma tragedias humanas en insumo para la economía de la atención. Durante el año volvimos una y otra vez sobre los límites éticos de cubrir violencia, desigualdad, migración, conflicto y muerte en entornos digitales que premian la exageración y el morbo.
Nuestros recursos y reflexiones sobre cómo informar sobre suicidio o cómo narrar historias de desigualdad sin despojar de dignidad a quienes las protagonizan, partieron de la convicción clara de que no todo lo que circula debe ser amplificado sin cuestionar, y no todo lo que es viral es de interés público, pues frente a un ecosistema que convierte el sufrimiento en contenido, insistimos en que el periodismo ético no es el que llega primero, sino el que llega mejor, con contexto, profundidad y responsabilidad.
5. Sostenibilidad en crisis y falta de autocrítica
Finalmente, 2025 volvió inevitable una pregunta que atraviesa todo el oficio: ¿cómo garantizar que el periodismo siga existiendo sin renunciar a su sentido?
Los desiertos informativos, la precarización laboral, el exilio forzado de periodistas, la violencia digital y la falta de profundidad en el debate público no son fenómenos aislados, sino síntomas de un modelo agotado que ha priorizado la velocidad, la visibilidad y la reacción inmediata por encima de la comprensión, el contexto y la responsabilidad editorial. A lo largo del año, en la Red Ética analizamos estas tensiones no sólo como problemas económicos, sino como amenazas directas al derecho a la información.
Pero pensar el futuro del periodismo también exige autocrítica y hacer un ejercicio honesto para revisar nuestras propias prácticas, incluso cuando no son cómodas. Por ejemplo, en un ecosistema digital saturado, el uso de imágenes que no se corresponden con la información que se brinda puede desinformar, confundir a las audiencias o transmitir mensajes que contradicen el contenido textual. Este mismo entorno también nos invita a cuestionar la idea de que todo buen periodismo debe habitar el universo digital y a pensar en que vale la pena recuperar otros lenguajes y formatos como la voz y el papel. No en un sentido nostálgico, sino como alternativas legítimas para narrar la realidad desde otros ritmos y otras sensibilidades, pues el futuro del oficio no pasa necesariamente por más tecnología, sino por mejores decisiones editoriales.
Otro aprendizaje clave de 2025 fue la necesidad de salir del aislamiento. Frente a realidades complejas y discursos cada vez más sofisticados, el periodismo puede —y debe— apoyarse en otros oficios y saberes, entendiendo que trabajar de forma interdisciplinaria permite encontrar financiamiento en otros nichos y además contrastar versiones, ampliar miradas y reducir la dependencia de las fuentes tradicionales de poder, sobre todo en el cubrimiento de hechos polarizantes y de difícil acceso.
La autocrítica también es indispensable para enfrentar los discursos políticos, especialmente aquellos que llegan del norte global revestidos de lenguaje técnico o institucional para amenazar nuestras soberanías y democracias. En ese mismo sentido, preguntarse cuándo el lenguaje deja de explicar para empezar a inducir es también una forma de ética aplicada a la escritura.
Finalmente, este ejercicio de revisión implica algo todavía más difícil: admitir errores. Reconocer cuándo se falló, cuándo se publicaron contenidos incorrectos, cuándo no se detectaron fuentes falsas o prácticas indebidas dentro de una redacción. Explicar a las audiencias qué ocurrió y cómo se corrigió no debilita al periodismo; por el contrario, puede ser una de las pocas vías para recuperar la confianza en un ecosistema marcado por la sospecha permanente.
En la Red Ética insistimos en que hablar de sostenibilidad no es hablar únicamente de financiamiento. Es hablar de condiciones de ejercicio, de protección, de comunidad, de transparencia y de sentido. La confianza —de las audiencias, de las comunidades, incluso de posibles financiadores— se construye cuando el periodismo es capaz de mirarse a sí mismo con honestidad, de asumir su lugar en un ecosistema informativo amplio y de defender su función pública sin arrogancia, porque sin responsabilidad y sin garantías mínimas, no hay periodismo posible.
Periodismo en medio de la polarización, ¿qué viene para 2026?
El próximo año se perfila como uno decisivo para el periodismo en América Latina. No solo por los procesos electorales que marcarán la agenda regional, sino también por un entorno informativo cada vez más fragmentado, hostil y capturado por lógicas de confrontación permanente que pueden profundizar amenazas como la hipersofisticación de las campañas de desinformación, el uso instrumental de la justicia para intimidar a periodistas y medios, y la normalización de los ataques digitales como mecanismo de silenciamiento.
Pero 2026 no es solo un horizonte de riesgo. Si bien la saturación informativa, el cansancio frente a las redes sociales y el desgaste de los discursos extremos están agotando a las audiencias, estas también están empezando a tomar acción para ser más selectivas y conscientes de la necesidad de contexto, explicación y rigor en la información que consumen. Así que en medio del ruido permanente, crece una demanda —todavía silenciosa, pero persistente— por espacios que ofrezcan comprensión antes que confrontación.
Este agotamiento digital también abre una oportunidad concreta para el periodismo de volver a construir comunidad. Pero no pensada para amplificar contenidos, sino para sostener conversaciones, generar confianza y recuperar el vínculo entre periodistas y audiencias. Frente a plataformas que premian el conflicto y la reacción inmediata, el periodismo puede apostar por relaciones más lentas, más cercanas y más responsables, donde la información circule acompañada de escucha y diálogo.
En ese escenario, el periodismo local aparece como una de las grandes posibilidades para los próximos años, ya que responde a necesidades informativas concretas y, además, permite reconstruir la idea de comunidad en territorios donde el abandono informativo ha sido la norma. Informar desde lo local puede convertirse entonces en una forma de resistencia frente a la desinformación global y en una base sólida para modelos más sostenibles y fieles en el tiempo.
Desde la Red Ética creemos que el desafío central del próximo año será resistir sin mimetizarse; es decir, sin reproducir las lógicas del ruido, sin amplificar la desinformación en nombre del equilibrio, y sin sacrificar la ética para sobrevivir en un ecosistema que castiga la pausa y el matiz. Por eso, ante los impredecibles embates sociales, políticos y económicos, en 2026 nuestra apuesta seguirá siendo la misma: fortalecer el pensamiento crítico, acompañar a quienes ejercen el oficio en condiciones adversas y defender la ética no como un ideal abstracto, sino como una herramienta concreta para sostener el periodismo en tiempos de polarización extrema.
Fundación GABO
Red Ética