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Laurent Richard: «Estamos asistiendo a la normalización del asesinato de periodistas»

El periodista francés, reconocido en la categoría 'Libertad de prensa' fundó hace ocho años Forbidden Stories, un consorcio para dar continuidad a las investigaciones de periodistas asesinados, amenazados o encarcelados
El periodista francés Laurent Richard, fundador de Forbidden Stories.SÉBASTIEN DOLIDON

Paris, Francia.- Corren malos tiempos para el periodismo. Mueren más periodistas que nunca en las guerras, los líderes autócratas los denigran como «enemigos del pueblo» y la cortina de humo de la desinformación se impone en las redes. En medio de este panorama sombrío para la profesión, emerge un poderoso referente: Forbidden Stories, el consorcio de investigación transnacional fundado hace ocho años por Laurent Richard (Villefranche de Rouergue, 1976) para dar continuidad a las investigaciones de periodistas asesinados, amenazados o encarcelados.

«Matar al mensajero no matará el mensaje». Es el desafío lanzado por este periodista de investigación francés, distinguido con el Premio Internacional de Periodismo de EL MUNDO (en la categoría de Libertad de Prensa) por su labor al frente de Forbidden Stories, con sede en París y con una red global de 300 periodistas en todo el mundo.

El impacto de investigaciones como The Pegasus Project, The Daphne Project o Story Killers, encaramadas a las portadas de medios como The New York TimesThe Guardian o Le Monde, lo dice todo sobre la labor de este gran rescatador de «historias prohibidas» frente a las múltiples amenazas.

PREGUNTA. ¿Estamos acaso en el peor momento y, al mismo tiempo, el mejor momento para el periodismo de investigación?
RESPUESTA. Yo diría que estamos ante uno de los peores momentos para la libertad de prensa, uno de los peores para la seguridad de los periodistas y uno de los peores también para el acceso a la investigación. En Gaza hemos asistido a la normalización del asesinato de periodistas y hemos visto morir a más de 200. De Este a Oeste, de Trump a Putin, se nos llama «enemigos del pueblo» y en el portal web de la Casa Blanca se exhibe la lista de media offenders (delincuentes de los medios). Todos sabemos lo que pasa cuando conviertes a los periodistas en chivos expiatorios y empiezan a circular listas… Y enfrente tenemos al mismo tiempo un auténtico monstruo que va a más: la industria de la desinformación. Es un momento peligroso para los periodistas, pero efectivamente el periodismo es más necesario que nunca. Yo diría que el periodismo es esencial para la supervivencia de las democracias.
P. ¿Quién está detrás de la industria de la desinformación que usted denuncia?
R. El origen de nuestra investigación sobre la industria de la desinformación fue precisamente el asesinato de una periodista india, Gauri Lankesh, cuando estaba a punto de publicar un artículo titulado En la era de las noticias falsas. Ella investigó lo que llamaba «las fábricas de las mentiras», con acusaciones directas al Partido Popular Indio (BJP) por usar las fake news como arma política. Gauri murió asesinada a tiros en 2017 a las puertas de su casa en Bangalore… Un centenar de periodistas de 30 medios diferentes recogieron el testigo y el resultado fue la serie Story Killers, que ha destapado lo que podemos considerar ya como una industria global que utiliza la desinformación para manipular elecciones, destruir la reputación y desestabilizar las democracias.
P. ¿Estamos realmente en medio de una guerra de desinformación?
R. Efectivamente, y lo que hemos visto estos días con la negación de los visados a cuatro activistas y a un político francés (el ex comisario europeo Thierry Breton) es una muestra más de la escalada entre Estados Unidos y la Unión Europea… La desinformación ha sido siempre un arma de guerra, y podemos remitirnos a la labor de las fábricas de trolls rusos para interferir en las democracias europeas en la antesala de la guerra de Ucrania. En los últimos cinco o seis años, la situación ha ido más, a partir de la fusión de compañías de relaciones públicas y de ex militares que proveen este tipo de servicios. Cada vez hay más compañías privadas que están usando estas herramientas, con la ayuda de la inteligencia artificial, para desinformar a la opinión pública.

«Estamos ante uno de los peores momentos para la libertad de prensa, la seguridad de los periodistas y el acceso a la investigación»

P. ¿Cuál ha sido la mayor revelación de sus investigaciones?
R. En Israel, por ejemplo, nos infiltramos en un grupo ultrasecreto israelí, llamado Team Jorge, que funciona como una auténtica unidad de desinformación en las redes, controlando miles de cuentas falsas y manipulando elecciones en todo en el mundo. En España, tuvimos acceso a filtraciones de la compañía Eliminalia, especializada en «lavar la reputación» y borrar el rastro en internet de centenares de clientes, muchos de ellos acusados de corrupción o de blanqueo de dinero, lo cual es también una manera de matar la historia y enterrar la verdad.
P. En otros casos, el objetivo directo son los propios periodistas, como quedó en evidencia con el ‘Proyecto Pegasus’…
R. En 2021 recibimos efectivamente una filtración de 50.000 números de teléfono móviles potencialmente infectados con el spyware Pegasus, comercializado por la compañía de ciberinteligencia israelí NSO Group para monitorizar oficialmente «delitos graves y terrorismo». Entre los teléfonos espiados había, efectivamente, periodistas, políticos de la oposición, disidentes, activistas de derechos humanos y abogados. Decenas de periodistas descubrieron que estaban siendo espiados, con la amenaza que supone para la libertad de prensa y el riesgo que suponía para sus propias vidas.
P. Ese riesgo no existe ya solo en países como Colombia o México, sino que lo tenemos a la vuelta de la esquina en países como Malta, donde murió en un coche-bomba la periodista Daphne Caruana Galizia en 2017 por sus revelaciones sobre la corrupción en pleno escándalo de los Papeles de Panamá…
R. El Proyecto Daphne fue precisamente nuestro emblema. Acabábamos de nacer como Forbidden Stories y fue un asesinato que nos impactó a todos, a nivel humano y profesional. Tras su muerte, 45 periodistas de 18 países recogieron el testigo con el propósito de seguir adelante con sus investigaciones sobre la corrupción en Malta. «Podéis matar al mensajero, pero no vais a matar el mensaje», fue el lema dirigido contra sus asesinos. Los Papeles de Panamá marcaron un hito en la historia del periodismo colaborativo, con decenas de medios en todo el mundo haciendo piña en una investigación de impacto mundial. Creo que sirvió para demostrar que, uniendo fuerzas, los periodistas somos imparables.
La «audacia» de Emma Tucker y Laurent Richard, Premio Internacional de Periodismo de EL MUNDOREDA STALFTI / SARA ÁLVAREZ G. / SARA GALARZA
PREGUNTA. Cuesta creer que la colaboración acabe suplantando a la eterna competencia entre los medios…
RESPUESTA. En las escuelas de periodismo nos enseñaron a actuar como lobos solitarios, y aún hay sitio para ese tipo de periodista, pero creo que hemos llegado a un punto en el que el periodismo colaborativo es totalmente necesario para defender el interés público. Al mismo tiempo nos garantizamos protección, ahorramos recursos y tenemos un mayor impacto. Es la única manera de salir adelante en esta encrucijada, encontrando maneras innovadoras de colaborar entre diversos medios alrededor del mundo.
P. ¿Reciben ustedes amenazas frecuentemente?
R. Amenazas legales y también amenazas de muerte en alguna ocasión. Pero este tipo de amenazas son habituales en casi todas las redacciones. Los pleitos legales los hemos ganado todos hasta la fecha.
P. Usted fue prácticamente testigo del ataque a la revista ‘Charlie Hebdo’ en el que murieron 12 personas ¿Cómo marcó su vida?
R. Yo trabajaba en enero de 2015 en la oficina de Première Lignes, al lado de Charlie Hebdo. Llegué ese día dos minutos después del ataque, cuando los dos autores se acababan de dar a la fuga. Entrar en la redacción y ver a la gente muerta y tiroteada en tu propia oficina fue una experiencia traumática. Mi primer impulso fue ayudar a los heridos. Era gente con la que coincidía a diario. Yo había estado en la guerra de Irak y tenía experiencia como reportero de guerra, pero cuando la tragedia golpea en tu ciudad y en tu propio edificio el impacto es tremendo. Me quedé noqueado, preguntándome: «¿Qué puedo hacer después de este ataque?». La respuesta me la dio una amiga y periodista, Kahdija Ismayilova, que había sido encarcelada por sus investigaciones sobre la corrupción de la clase dirigente en Azerbaiyán. Desde la celda, me envió una carta recordándome la importancia de dar continuidad a su trabajo. Yo acabé haciendo un documental sobre las corruptelas y los sobornos a políticos europeos para lavar la imagen de Azerbaiyán. Me di cuenta de lo importante que era continuar con la labor de los periodistas asesinados, silenciados o encarcelados, y de la necesidad de amplificar el mensaje. Ese fue el germen de Forbidden Stories, que lanzamos en 2017.

«El periodismo es esencial para la supervivencia de las democracias, es más necesario que nunca»

P. ¿Cómo ha evolucionado la forma de trabajar desde entonces?
R. Seguimos siendo una organización sin ánimo de lucro, funcionamos gracias a las donaciones. Empezamos con dos investigaciones al año y ahora hacemos entre siete u ocho. Hemos crecido y tenemos una redacción central en París con 25 personas y una red global de 300 periodistas. Al principio nos costó convencer a los grandes medios de la necesidad de compartir información. El impacto que han tenido a escala global investigaciones como el Proyecto Daphne o el Proyecto Pegasus han servido para demostrar el poder del periodismo colaborativo. Creo que ese reconocimiento está detrás del premio de periodismo internacional que nos ha concedido EL MUNDO. Nuestra misión es defender el periodismo usando el periodismo.
P. Una de las últimas novedades es la creación de la ‘Safe Box’, algo así como una caja fuerte para blindar las investigaciones en curso de periodistas amenazados…
R. Nuestra labor no es solo dar continuidad a las investigaciones de periodistas asesinados, sino evitar antes que nada que un periodista pueda ser asesinado. La Safe Box es efectivamente como una caja de seguridad donde los periodistas pueden depositar sus investigaciones. Unos 230 profesionales lo usan a diario. Creo que es una manera innovadora de proteger la información sensible y de mandar al mismo tiempo un mensaje a los potenciales asesinos: matar a un periodista no va a matar la historia… Si asesináis a un periodista incómodo, otros 50 periodistas van a dar continuidad a su investigación y el grado de exposición y de impacto a nivel global va a ser mucho mayor, así que pensadlo dos veces.
P. Con el ‘Proyecto Gaza’, el radio de acción de Forbidden Stories se ha extendido como nunca antes…
R. Israel quería básicamente una guerra sin periodistas, que son al fin y al cabo los testigos de la historia. No solo se negó el acceso a Gaza a periodistas extranjeros, sino que persiste la sospecha de que los periodistas fueron usados como objetivo. En la primera parte del proyecto investigamos las muertes de 100 periodistas. Algunos fueron disparados pese a ir identificados con el chaleco de prensa, otros fueron víctimas de ataques con drones, que son armas de gran precisión. Unos 50 periodistas de 13 medios participaron en la investigación. Israel lo ha negado todo y ha impuesto un apagón total. Por desgracia, la carnicería de periodistas siguió adelante.
P. La muerte de la periodista ucraniana Viktoriia Roshchyna también fue clave para desvelar los «presos fantasmas» durante la invasión rusa…
R. Viktoriia fue declarada muerta en cautividad en 2024, después de haber sido detenida en secreto en los territorios ocupados por Rusia, donde investigaba los casos de civiles ucranianos detenidos y torturados. Su cuerpo fue repatriado y presentaba señales de tortura. Nuestra investigación sacó a la luz la existencia de decenas de centros de detención informales donde se han encarcelado y torturado a los así llamados «presos fantasmas» ucranianos, así como la existencia de la prisión de Taganrog, algo así como el Guantánamo ruso.
P. Hablemos por último de la ‘guerra fría’ del cambio climático y de los periodistas que han caído por intentar alertar contra el deterioro ambiental…
R. En 2019 coordinamos el Proyecto Green Blood (Sangre Verde), con investigaciones en países como India, Guatemala o Tanzania, donde los periodistas se juegan la vida por contar el impacto de la minería y de las actividades extractivas, donde hay muchos intereses en juego. En 2022, los asesinatos del periodista británico Dom Phillips y del activista brasileño Bruno Pereira saltaron a las primeras páginas de los periódicos. El suceso puso en evidencia los riesgos que corren los defensores del medio ambiente en la Amazonia. Pocos días después de su muerte, 50 periodistas de 16 organizaciones coordinados por Forbidden Stories siguieron adelante con sus investigaciones sobre el Valle de Javari, una zona convertida en guarida del tráfico de drogas, la tala ilegal y la explotación de recursos. Ese mismo año, en la provincia de Córdoba en Colombia, murió asesinado el periodista Rafael Moreno mientras investigaba la extracción ilegal de recursos naturales en el río San José de Uré. Moreno era conocido como «la voz del pueblo» y se había especializado en informaciones sobre el tráfico de drogas y la corrupción en una de las zonas más violentas del país. Pocos días antes de su muerte contactó con nosotros con la intención de depositar sus investigaciones en la Safe Box. No le dio tiempo a hacerlo, pero nosotros dimos continuidad a su trabajo con The Rafael Project. Sus palabras en un vídeo que dejó grabado antes de ser asesinado nos sirvieron de acicate: «Podréis matarme, pero no me podréis silenciar».

EL MUNDO