Tim Schauenberg
España, Francia, Portugal, Italia, Grecia, así como Irlanda, el Reino Unido, Noruega y Alemania: la lista de países europeos afectados por incendios forestales especialmente intensos es larga.
El calor extremo y la sequía prolongada han aumentado el riesgo de incendios durante semanas. Hasta ahora, más de 6.000 kilómetros cuadrados de bosque han sido devorados por las llamas. Cientos de miles de personas han tenido que abandonar sus hogares. A principios de agosto, los daños ya se estimaban en 15.000 millones de euros.
Y el riesgo de incendios forestales en Europa seguirá aumentando en los próximos años, según muestra un estudio publicado hoy por el Instituto de Potsdam para la Investigación sobre las Consecuencias del Cambio Climático (PIK, por sus siglas en alemán).
La superficie afectada podría triplicarse
Una de las conclusiones del estudio es que, incluso con unas medidas de protección climática mucho más estrictas, para finales de siglo podría arder en Europa cada año aproximadamente un 39 % más de superficie que en la actualidad.
«Sin embargo, si aumentamos las emisiones y las temperaturas globales suben unos 3,6 °C, los incendios serán mucho más frecuentes, especialmente en la cuenca mediterránea y en amplias zonas de Europa occidental y central, incluidas áreas en las que hasta ahora apenas se habían producido incendios», afirma Maik Billing, investigador del PIK y autor principal del estudio publicado en la revista científica «Global Change Biology».
En realidad, la comunidad internacional había acordado limitar el calentamiento global a 1,5 grados o a un nivel claramente inferior a dos grados. Sin embargo, los Estados se están quedando muy atrás en materia de protección climática.
Y eso que los efectos del calentamiento global son cada vez más evidentes. Así, en este caluroso verano, hasta principios de agosto, ya se han quemado en Europa el doble de superficies que en los últimos años, según los autores.

No obstante, no estamos indefensos ante las llamas. «Vemos que las condiciones propicias para los incendios están aumentando, por lo que debemos invertir más», afirma Thomas Hickler, investigador de la Sociedad Senckenberg para la Investigación de la Naturaleza, que participó en el estudio.
La gestión de los incendios forestales, una mejor formación y equipamiento de los equipos de intervención, así como una buena coordinación entre la silvicultura, la conservación de la naturaleza y los bomberos pueden «marcar una diferencia considerable», añade Hickler. La UE aportará entre 2021 y 2027 unos 2.100 millones de euros a la gestión forestal y de incendios de los Estados miembros. El Banco Mundial calcula que estas inversiones dan sus frutos: por cada euro que se destina a la prevención, se podrían ahorrar hasta siete euros en la lucha contra los incendios y la reconstrucción.
Si las emisiones de gases de efecto invernadero se reducen rápidamente ahora y se limita drásticamente el calentamiento global, una gestión eficaz de los incendios podría reducir las superficies quemadas en un 90 % en el futuro.
¿Por qué también pueden arder los humedales?
Los humedales, como los pantanos o las turberas altas, parecen estar a salvo del peligro de incendio. Sin embargo, cuando se secan durante una sequía, pueden incendiarse e incluso arder durante mucho tiempo.
Esto se debe a los suelos de turba de los humedales, formados por restos vegetales muertos. La turba seca es extremadamente inflamable, razón por la cual se ha utilizado durante siglos como fuente de energía para la calefacción y la cocina.
Cuando arden zonas de turberas de un metro de espesor, el carbono almacenado en el suelo de turba durante milenios se libera en muy poco tiempo. Y es que, aunque las zonas húmedas solo cubren el tres por ciento de la superficie terrestre a nivel mundial, almacenan el 30 por ciento del CO₂ fijado en el suelo.
En los incendios forestales clásicos se suelen ver llamas altas, pero las turberas en llamas arden de forma latente bajo la superficie. La temperatura es relativamente baja y se genera mucho humo; a menudo, las llamas apenas son visibles. Sin embargo, los incendios de turba son extremadamente difíciles de extinguir. Los incendios sin llama pueden prolongarse durante meses e incluso arder durante todo el invierno.
Al hacerlo, se liberan grandes cantidades de sustancias contaminantes al medioambiente. Además de las partículas de humo, son liberadas sustancias tóxicas, entre ellas, metales pesados nocivos para la salud, como el mercurio.
La magnitud que pueden alcanzar estos incendios ha quedado patente en los últimos años con los enormes incendios de turberas en Canadá y Siberia. Un incendio de turberas ocurrido en 1997 en Indonesia, que abarcó unos 100.000 kilómetros cuadrados, fue incluso una de las mayores catástrofes medioambientales del siglo XX.
En lo que respecta a Europa, el estudio actual muestra que, si las temperaturas globales siguen aumentando tal como se teme actualmente, una mejor gestión de los incendios solo podrá limitar el riesgo de incendios en el futuro, pero no erradicarlo por completo.
En ese caso, en más de la mitad de las regiones europeas con riesgo de incendio habrá aún más incendios forestales que en la actualidad.
(gg/cp) DW