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Laura de Chiclana, reportera de guerra: «Gano menos que mis compañeros que hacen lo mismo»

La reportera, rostro de Mediaset en Ucrania, reconoce que su profesión "atrapa" y que contar historias es su forma de ayudar a aquellos que padecen la guerra
Laura de Chiclana, durante una de sus coberturas. / El Correo

Victoria Flores

Laura de Chiclana acaba de llegar a Israel directa desde Ucrania. Esta periodista freelance se inició en el periodismo de guerra con 22 años y se ha convertido en uno de los rostros más reconocidos del periodismo de conflictos en España. Llegó a Kiev hace dos años con un chaleco antibalas que ella misma había comprado y se puso a trabajar sin descanso. Su profesión es «terrible», bueno, «es preciosa y es horrible«.

Las mujeres son una minoría en el periodismo de conflictos. De Chiclana señala que es mujer y joven, dos factores que hacen que, después de ocho años trabajando, muchos se piensen que no tiene ni idea. La periodista defiende que «una mujer tiene que reafirmar todos los días que ella es capaz, que ella puede que ella sabe, que ella llega, y a un hombre no le hace falta». «Gano menos que mis compañeros que hacen lo mismo», denuncia y explica que lo sabe porque ellos mismos se lo han «llegado a echar en cara».

En poco más de dos días, lo que tarda en cruzar toda Ucrania hasta la Unión Europea en tren, la periodista cambia de paisaje, de idioma y de conflicto. Cuando está de cobertura no hay descanso, trabaja todos los días y hay noches en las que no duerme porque escucha cómo las bombas caen cada vez más cerca. El periodismo de guerra está mal pagado, la mayoría de reporteros son autónomos y se juegan la vida cada día para informar. «Me gustaría poder llegar más lejos y tener más medios para lograrlo», detalla. La reportera sostiene que ahora tiene una productora principal, Mediaset, que le apoya, le envía un cámara y colabora para pagar a un fixer –un periodista de la zona que hace de traductor y aporta contactos- algo que le facilita mucho el trabajo.

De Chiclana ha estado en el frente. Ha visto a militares que lloraban y pensaban que iban a morir sin poder ver a sus familias. Ella misma ha llegado a pensar que iba a morir sin poder ver a su familia. Cuando llega allí, con frío y barro, se produce un revuelo de sentimientos. Lo primero que siente es orgullo «por haber podido llegar», pero también tiene «miedo y tristeza» y subraya «estás en alerta todo el tiempo» por lo que puede pasar.

La periodista explica que es bajita y delgada y que tiene que cargar con el chaleco antibalas, el casco y la mochila. Todo suma casi la mitad de su peso y tiene que correr con ello por el barro. Aun así intenta buscar las formas para protegerse si hay un ataque. Cada vez que pisa un país en guerra, la periodista valora más su vida. De Chiclana señala que, siempre que puede, intenta no pensar en la posibilidad de morir porque «si lo piensas no trabajas». «Pienso en ellos, en la historia que voy a contar, pienso en que nos necesitan. Hay que seguir para adelante», resume.

Aunque admite que al no ser su país puede tomar distancia en algunos momentos, para la reportera, después de más de dos años de viajes continuos a Ucrania, ese país se ha convertido en su hogar. Sostiene que estar en zonas de conflicto es algo que «atrapa» y que la guerra lo «toca todo y duele». «Cuando murieron mis amigos con los que yo trabajaba todos los días volví a darme cuenta de que eso no es algo ajeno, porque tú estás ahí», señala y recuerda que un bombardeo ruso alcanzó a unos compañeros en el mismo hotel en el que ella se había hospedado.

Cuando coge el avión de vuelta a España, De Chiclana deja atrás cientos de rostros y de historias de las que cuesta mucho desconectar. «No termino de ser feliz cuando regreso», lamenta la periodista, que explica que «has dejado a la gente ahí y no sabes si los vas a volver a ver». Adaptarse a la vida «normal» es todo un proceso. Durante el tiempo que está en Sevilla o en Madrid llora de constantemente y piensa en que tiene que volver, en que su forma de ayudar es contar lo que está pasando.

Aunque intenta ayudar y se apresura a subrayar que, si hace falta, puede hacer un torniquete, asume que lo máximo que puede hacer es proteger a alguien con su chaleco. De Chiclana apunta que ella no es enfermera, no es médico, es periodista y que su forma de ayudar es contar historias. «Si la locura significa ayudar y hacer lo que hago, pues que pongan mi nombre al lado de la definición de lo que hago. Si la locura es esto, estoy encantada», termina.

LA PROVINCIA

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