El fútbol es solo una parte de un Mundial de Fútbol. Esta última Copa, de 39 días, la vimos en directo por televisión o streaming, y también en la previa y el postpartido de las redes sociales. Fue el Mundial de la inteligencia artificial, con sus manipulaciones de gestos inexistentes y sus remedos humorísticos de los jugadores. Fue el Mundial donde circularon más historias de migración, con selecciones variopintas que arrastraban las historias de padres que dejaron sus países sin saber de la gloria que sus hijos ayudarían a llevar a un pueblo de acogida, pero también a sus propias naciones de origen.
Fue el segundo Mundial del sensor «Connected Ball» incorporado al balón, y el tercero del VAR, cuyo uso inconsistente trajo tantos episodios discutidos. Fue el Mundial de las pausas hidratantes, convenientes para los anuncios comerciales y las apuestas en línea, y el del entretiempo más largo de la historia: media hora de conciertos encabezados por Shakira, Madonna, Justin Bieber y BTS, un intento de meter los Grammy en el césped. Fue el Mundial de las declaraciones de los jugadores de Irán, maltratados (y bombardeados en su tierra) por Estados Unidos, el país anfitrión que, por cuenta de Gianni Infantino y la FIFA, dejó como secundarios a los otros dos anfitriones, México y Canadá. Y fue el Mundial que evidenció que hay países donde el fútbol carece de una hinchada fervorosa, lo que cambia un poco la fiesta: solo en México había un verdadero «ambiente» de Copa del Mundo.
Fue también el Mundial de las frases célebres. Gustavo Alfaro, técnico de Paraguay, dijo tras vencer a Alemania que a la cancha habían entrado veintiséis guerreros y habían salido veintiséis leyendas. Mbappé, Bota de Oro del pasado y del presente, respondió a los insultos racistas de una senadora paraguaya tras la eliminación guaraní llamándola indigna de su cargo y recordándole que no representaba a un país que había mostrado pasión y honor durante todo el torneo, quizás el gesto más célebre contra la ultraderecha en toda la competición. Y Ferrán Torres, autor del gol que le dio el título a España, lo describió como un gol de cuarenta y siete millones de personas: los españoles que lo patearon con él.
Y sin embargo, a pesar del récord de estrellas de Hollywood en las gradas, fue también el Mundial de siempre: una final tradicional de este siglo, entre dos selecciones que ya habían estado allí. Se impuso el fútbol —»el mejor»— y todas las sorpresas terminaron eliminadas. Algunas hicieron historia: Irán no perdió, Paraguay pasó a octavos eliminando a Alemania, los aficionados pusieron a Cabo Verde en el mapa futbolístico. Pero no tanta historia como para torcer el guion habitual; alcanzó para condimentar el torneo y entretener al mundo, como cada cuatro años que arranca discutido y culmina triunfante. Poco a poco se fueron disolviendo las reticencias hacia un campeonato centrado en el país del ICE, donde se abrió la puerta a extranjeros que, en un contexto muy específico, podían ser deportados o incluso asesinados de forma sumaria. Ni siquiera un árbitro con visa válida, como el somalí Omar Artan, estuvo a salvo de esa política migratoria. Fue también, en palabras del escritor Juan Villoro, un Mundial pensado para una élite capaz de pagar entradas costosas: «un mundial VIP para gente como el club Epstein».
Una paradoja quedó marcada en redes sociales: pese a la exigencia inicial de responder solo en inglés en las ruedas de prensa —de la que la FIFA tuvo que retractarse—, los finalistas terminaron hablando en Nueva Jersey la lengua de Cervantes y de Borges. Pero a lo largo del campeonato también se habló en los varios idiomas del belga Romelu Lukaku, el mismo que fulminó a Estados Unidos en la paliza 4-1 de Bélgica y celebró con un bailecito al estilo Trump, quien, días antes, había logrado que se anulara la sanción por tarjeta roja al delantero estadounidense Folarin Balogun. En cierto modo, fue también el Mundial de la trampa que no siempre prosperó. Como decía Maradona: la pelota no se mancha.
La cobertura
Un Mundial también se juega en las miradas que lo cuentan. Antes del primer toque, durante el partido o después del silbatazo final, empieza lo mejor —o lo más desteñido— de las coberturas. Este fue también el Mundial del scroll eterno: nunca antes habíamos visto a un árbitro conmoverse por ser designado para dirigir la final, ni sabíamos que existiera un evento de designación parecido a una modesta ceremonia de grado. Pero ahí quedó grabado el esloveno Slavko Vinčić cubriéndose el rostro de emoción, una imagen más entre las miles que aparecían haciendo scroll con el algoritmo atento a cada novedad del torneo. ¿Ver eso era ver el Mundial, o era parte de la distracción de cada día?
La cobertura se volvió incesante en los videos e imágenes de redes sociales, tan profusa como los propios partidos en las primeras semanas, y se hizo más pausada en las secciones que crearon algunos medios o en los análisis de periodistas y exjugadores. De fondo sonaban las canciones, a veces tan aturdidoras como una barra brava metida en nuestros teléfonos: del «Dai dai» de Shakira al cántico inglés sobre Haaland, del «Olé olé» mexicano a los remos vikingos de los noruegos. Y el VAR aparecía con su silencio vigilante, garantía de una incertidumbre permanente, donde lo que antes era gol hoy es motivo de revisión. Como si hablara de esa máquina, García Márquez ya lo había anticipado: “mientras exista el árbitro, el fútbol será impredecible”.
Los canales ficharon a sus propios jugadores. Radamel Falcao, que en sus inicios estudió periodismo, parecía querer entrar a la cancha con micrófono en mano en su cobertura para ESPN Colombia. Jorge Valdano, exjugador y pensador del fútbol, cubría para la televisión mexicana. En El País, los periodistas Martín Caparrós y Juan Villoro retomaron la correspondencia epistolar que ya habían sostenido en Qatar 2022, con críticas, análisis y deslumbramientos por igual; Villoro llegó a anotar, no sin ironía, que la alegría futbolística había hecho descender en un 33 % los crímenes en México, y que daba miedo volver a la realidad. Algunos canales ofrecían narraciones en español y en inglés a la vez, lo que abría un duelo por los mejores relatos en el presente de los partidos, aunque para evitar el delay en la señal, había que elegir la cobertura nacional o resignarse a que los vecinos anunciaran los goles antes.
Frente a las derivas interminables de la pelota, la cobertura periodística abrió también una posibilidad inagotable: mirar los relatos del Mundial que suceden dentro y fuera de la cancha o de las gradas. Ocuparse del marcador, pero también de lo que rodea los intereses y las veleidades de los organizadores; de los mitos y leyendas, y de lo que no tiene nada de mítico ni de legendario. Como quedó expuesto en la mención de las Malvinas durante la semifinal entre Inglaterra y Argentina, en un partido de fútbol las fronteras cobran relieve, pero también se diluyen como parte de una celebración pluricultural. Las vidas de los jugadores son las vidas de los aficionados: un gol es siempre de quien lo mete, pero también de todo un país que lo celebra como propio. En esa tensión entre ser de aquí o de allá —un lugar muy concreto en el mapamundi— y ser de todos, del país de la pelota, un planeta dentro del planeta humano, se juegan los partidos. Y se reviven, se cuentan o se imaginan para las victorias y las derrotas por venir.
El negocio detrás del juego
Puertas adentro de los medios, la Copa del Mundo 2026 también se jugó su propio partido: entre la incomodidad ética de pautar con casas de apuestas, el asalto de los streamers a una audiencia que antes era cautiva de la televisión, y el intento de las cadenas tradicionales de imitar esa cercanía casi humana que los creadores de contenido consiguen sin esfuerzo.
El primero es, quizás, el dilema más marcado de todos: ¿cómo pautar con casas de apuestas sin terminar normalizando una práctica potencialmente nociva como el juego? Durante la cobertura, muchos medios promocionaron esa actividad como parte natural del disfrute de los partidos y del Mundial en general, algo que ya venía siendo discutido antes de esta edición. Yolanda Ruiz, en el Consultorio Ético de la Fundación Gabo, había señalado los riesgos que esto supone para el consumidor, y planteaba que, “aunque la decisión sobre qué publicidad aceptar es potestad de cada medio o periodista” sugirió que “las medidas legales de cada país se adopten como una recomendación ética para los periodistas, independientemente de si son obligatorias por ley o no”.
Un estudio de la Universidad de Sevilla sobre publicidad y patrocinios de casas de apuestas en medios deportivos revela que casi la mitad de los encuestados, un 48,5 %, admitió haberse sentido tentado a apostar después de ver un anuncio en medios o a través de un influencer. Pero el asunto también toca la sostenibilidad de las empresas mediáticas: el mismo estudio sostiene que muchos medios tradicionales españoles llegaron a depender de estos anuncios hasta en un 40 % de sus ingresos publicitarios, antes de que la regulación española restringiera de forma drástica la publicidad de las casas de apuestas Los límites entre la pauta publicitaria y la línea editorial llevan décadas discutiéndose, pero hoy resulta particularmente urgente pensar la responsabilidad ética de difundir estos mensajes en medio de programas deportivos, a veces mencionados por los propios periodistas de cadenas con derechos de transmisión.
Si las casas de apuestas pusieron en evidencia las tensiones económicas y éticas de los medios, los streamers expusieron otra fragilidad: la pérdida de su monopolio sobre la audiencia. El caso de Casimiro es paradigmático: el streamer brasileño se hizo con los derechos de transmisión completos de las últimas dos ediciones de la Copa América y de este Mundial, y su canal, Cazé TV, batió dos récords de audiencia según datos de Playboard: los partidos de Noruega contra Inglaterra y de Francia contra España sumaron 21,3 y 24,2 millones de espectadores en directo por YouTube, respectivamente. Para dimensionarlo: la audiencia de ese Francia-España equivale, proporcionalmente, al 45 % de la población de Colombia, o a tres veces el total de habitantes de Uruguay.
El fútbol ya no se vive, en la previa, durante y después de cada partido, a través de los medios tradicionales como hace veinte años. La conversación habita hoy varios lugares a la vez, y son los creadores de contenido quienes dominan buena parte de ese escenario, apalancados en conexiones más cercanas con su audiencia y en sistemas de distribución que capturan la atención del usuario la mayor parte del tiempo. El verdadero éxito de los streamers está, precisamente, en esa cercanía: sus chats dejaron de ser espacios donde se lanzan comentarios sin respuesta, para convertirse en la base misma de la conversación entre creadores y comunidades, algo que a una estructura periodística tradicional le resulta muy difícil emular.
Las cadenas con derechos de transmisión lo notaron, y trataron de incorporar parte de ese concepto a sus propios equipos de comentaristas, dándole cada vez más peso a figuras de alto valor mediático. Ese fue el caso de Disney Plus, que en este Mundial 2026 se hizo, por primera vez en la región, con parte de los derechos de transmisión, para competir de igual a igual con los canales nacionales de larga tradición y con el hasta entonces dominio absoluto de DirecTV Latinoamérica sobre los 104 partidos del torneo. No fue casual que Fernando Palomo, periodista salvadoreño con más de veinte años de trayectoria, y el mencionado Falcao compartieran mesa en la transmisión exclusiva de la selección Colombia para Disney Plus. La decisión no era solo editorial: Palomo es el narrador oficial en español del videojuego EA FC, con enorme audiencia entre los 16 y los 29 años, mientras que Falcao sigue siendo un referente deportivo de fuerte impacto mediático en Colombia, como quedó claro con el debate que generaron sus declaraciones sobre la calidad y la necesidad de reestructurar el fútbol nacional.
Hoy, la cobertura periodística de los mundiales y de otros eventos masivos y trasnacionales como los Juegos Olímpicos, demandan que los medios y los periodistas apuesten por coberturas más profundas: calidad y comprensión del juego y el deporte; pensamiento crítico sobre decisiones administrativa de las federaciones; capacidad narrativa y de crear y contar historias, más allá de los formatos entrevista o debate altamente saturados y que han mutado a otros espacios y protagonistas. Contar historias relevantes y vinculadas a los protagonistas aún le brinda la vida y la relevancia al oficio; es allí donde podrían conseguir un impacto mayor en audiencias y diferenciación comercial.
La desinformación en el primer Mundial de la IA generativa
La Copa Mundo confirmó algo que otros eventos venían anticipando: el evento deportivo más importante del planeta es hoy también el escaparate más grande para la desinformación generada con inteligencia artificial. Al ser el primer Mundial con un formato ampliado de 48 selecciones, la audiencia, los idiomas y las comunidades nacionales se multiplicaron, y con ellos la superficie de exposición a falsos rumores y contenidos manipulados.
Los casos concretos no tardaron en aparecer. Un video con más de 30 millones de reproducciones en un solo día, en el que se veía al noruego Erling Haaland asustado de su propio reflejo en realidad era un intercambio de rostro aplicado sobre el clip de un creador chino. Hubo una ola de contenidos que instalaba, sin ninguna prueba, la idea de que un cartel mexicano había amenazado a los jugadores de Ecuador para forzar su derrota frente a la selección local. A eso se sumó, un patrón recurrente de bulos con tono racista y xenófobo dirigidos contra selecciones y jugadores concretos.
Otro fenómeno igualmente sistemático fue el de las falsas «fancams» generadas con IA. EFE Verifica identificó más de veinte cuentas que publicaban, de forma recurrente y a veces diaria, videos de supuestas aficionadas clasificadas por nacionalidad bajo estereotipos de belleza sexualizados, con el fin de monetizar visualizaciones.
La desinformación con fines políticos también estuvo presente: circularon imágenes falsas de Benjamin Netanyahu con la camiseta de Argentina y deepfakes de futbolistas colombianos haciendo el saludo militar que Abelardo de la Espriella volvió símbolo de su campaña presidencial. En algunos casos, los bulos cruzaron fronteras y se adaptaban de acuerdo con el país: en Honduras circuló una foto de un operativo policial contra bares que transmitían ilegalmente el Mundial, que en realidad correspondía a una intervención ocurrida en Guatemala. También circularon estadísticas falsas presentadas como datos duros: Lupa Media desmintió una publicación viral, con más de 9.000 compartidos, que aseguraba que Argentina había sido, antes de las semifinales, la única de las 48 selecciones sin ninguna intervención del VAR en su contra.
Las estafas, por supuesto, tampoco faltaron. El FBI emitió el 27 de mayo de 2026 una alerta pública sobre sitios que suplantaban a la FIFA para robar información personal y la firma especializada Silent Push identificó más de 300 dominios falsos activos solo para la venta de entradas. La IA ha vuelto casi indetectables las señales tradicionales de fraude pues ya no hay errores ortográficos que delaten el engaño, y hasta el soporte al cliente puede ser un bot convincente. Estas estafas recurren a los mismos mecanismos que las noticias falsas o los deepfakes con contenido sintético creíble, producido a bajo costo y a gran escala.
Ningún organismo internacional reportó que esta ola de contenidos falsos hubiera alterado el desarrollo del torneo o derivado en hechos de violencia masiva. Pero la IA sigue volviendo la desinformación a gran escala cada vez más barata, más rápida y más creíble. La respuesta de verificadores y plataformas mejoró durante el torneo, aunque sigue yendo un paso atrás, y tendrá que acelerar, porque es probable que el próximo gran evento global enfrente un problema todavía mayor.
La pelota atravesada por la geopolítica
La FIFA lleva décadas repitiendo que el fútbol y la política no deben mezclarse. El Mundial de 2026 hizo imposible sostener esa ficción. Casi todas las grandes historias del torneo pasaron, de un modo u otro, por la geopolítica.
Uno de esos episodios tuvo lugar en Nueva York. The New York Times reveló que la FIFA llevaba un año pagando el arriendo de una oficina, prácticamente vacía, en el piso 17 de la Torre Trump. El hallazgo le puso cifras a una relación que llevaba meses haciéndose visible: la cercanía entre Gianni Infantino y Donald Trump, consolidada poco antes con la entrega del inédito FIFA Peace Prize al mandatario estadounidense.
Después vino el caso Balogun. La expulsión del goleador estadounidense fue anulada tras una llamada personal de Trump a Infantino, que pudieron reconstruir The Athletic y The Wall Street Journal en una investigación que Poynter destacó como ejemplo de buen periodismo. Sin ese reporteo habría quedado una rareza reglamentaria –la primera tarjeta roja revertida en un Mundial desde Garrincha previo a la final de Chile 1962–, pero apareció otra historia: la del presidente de un país interviniendo directamente en una decisión deportiva.
La pancarta de “Las Malvinas son argentinas”, que expusieron algunos jugadores argentinos tras vencer a Inglaterra en la semifinal, mostró mejor que cualquier otro episodio del torneo cómo un mismo hecho con implicaciones geopolíticas puede convertirse en dos historias distintas según quién lo cuente
Mientras The Telegraph, Daily Mail o The Sun recogían la indignación oficial británica y describían el hecho como una provocación, Clarín y Página/12 reconstruían el origen de la pancarta: una sábana pintada a mano en un hotel y contrabandeada al estadio por hinchas. El episodio terminó girando alrededor de un mensaje del técnico Omar De Felippe, veterano de la guerra de 1982, que la definió como una “caricia al alma” para los excombatientes.
Matthew Benwell escribió en The Conversation que esa diferencia era casi inevitable y riñe con el entorno despolitizado que la FIFA dice promover. En Argentina, la consigna forma parte del paisaje cotidiano: aparece en murales, libros escolares, edificios públicos, hasta en las leyes argentinas. Aun así, algunos sectores del periodismo británico aprovecharon la polémica para cuestionar el fervor patriótico británico y preguntarse por qué las Malvinas seguían siendo una excepción dentro del largo proceso de descolonización del antiguo imperio.
En Colombia, la disputa política tuvo como protagonista la camiseta de la selección, convertida en un emblema de la campaña presidencial de Abelardo de la Espriella. La controversia terminó en los tribunales. Mientras un juez ordenaba dejar de usarla por considerar que comprometía la neutralidad de los símbolos nacionales –decisión revocada pocos días después por otra instancia–, buena parte de la cobertura se centró en una pregunta jurídica: si una camiseta fabricada por Adidas y perteneciente a una federación privada podía considerarse un símbolo patrio. Otros medios prefirieron poner el foco en otra cuestión: la apropiación de este símbolo compartido para construir un relato político, una estrategia que varios analistas compararon con el uso que el expresidente brasileño Jair Bolsonaro hizo durante años de la camiseta verdeamarela.
Una reflexión de cierre del torneo llegó desde Suiza. David Lemos, comentarista de la radiotelevisión pública RTS, aprovechó la transmisión de la final para despedirse con un monólogo que se volvió viral. Habló del “Mundial más mercantilista de la historia” y de uno de los más politizados. Recordó al árbitro somalí Omar Artan, deportado por Estados Unidos pese a tener una visa válida; a la selección iraní, obligada a fijar su base en Tijuana por prohibiciones migratorias, pese a tener sus tres partidos en suelo estadounidense; al caso Balogun y a unos precios de entradas que llevaron a los fiscales de Nueva York y Nueva Jersey a abrir una investigación sobre la FIFA. Después resumió todo diciendo que “la crisis tiene dos nombres: el dinero y el poder”.
Y hubo, también, periodismo que cuestionó al periodismo. En una columna publicada por Jacobin, el editor E. A. Halevi criticó lo que llamó un exceso de “moralización geopolítica” en la cobertura del torneo, que mezcló las quejas por el arbitraje a favor de Argentina —el mote burlón “VAR-gentina”— con la indignación por la cercanía del presidente argentino, Javier Milei con Trump y el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu. Para Halevi, ese tipo de generalizaciones planas terminó opacando lo que el Mundial también fue: una ocasión de alegría, sorpresa y descubrimiento futbolístico.
La narración de la diferencia en la Copa más grande de la historia
En esta edición 2026, varios de los episodios más reveladores del Mundial no ocurrieron necesariamente alrededor de la pelota, sino de las diferencias culturales de las 48 selecciones, que mostraron que la discriminación no es un problema exclusivo de las tribunas y que va más allá de insultos o actos racistas, para colarse en decisiones institucionales, interpretaciones culturales prejuiciosas, y tecnologías que amplifican discursos de odio a una velocidad inédita.
La primera polémica del torneo estuvo directamente ligada a la organización. La FIFA estableció que las ruedas de prensa sólo admitirían preguntas y respuestas en el idioma oficial del país representado o en inglés. La medida, cuestionada por jugadores, directivos y periodistas de distintos países, desconocía un hecho tan evidente como simbólico: el Mundial también se estaba jugando en México; es decir, al menos el español no era una lengua extranjera para el torneo, sino uno de los idiomas oficiales de las naciones anfitrionas. Tras las múltiples críticas, el organismo rectificó y permitió que las intervenciones pudieran hacerse en cualquier idioma con apoyo de interpretación. Más allá de la corrección logística, el episodio reveló algo más profundo, y es que en la FIFA de Infantino y Donald Trump las lenguas no son neutrales. Decidir cuáles pueden ocupar el espacio público y cuáles deben adaptarse a otras implica una discusión sobre representación y sobre las luchas de poder en las que personas ajenas al juego determinan quién puede estar en el centro de la conversación y quién habla desde la periferia.
La controversia sobre los idiomas anticipó un patrón que se repetiría durante todo el torneo. Cada vez que la conversación se alejaba de la cancha, el desafío para el periodismo dejaba de ser explicar el aspecto táctico del fútbol para convertirse en un ejercicio de interpretación cultural para leer aquello que no forma parte de sus propias referencias.
Pocas escenas lo ilustraron mejor que la protagonizada por la presentadora colombiana Cristina Hurtado durante el partido entre Colombia y República Democrática del Congo. Al ver en la tribuna a Michel Nkuka Mboladinga, conocido internacionalmente como Lumumba Vea, Hurtado insinuó que la presencia del emblemático aficionado respondía a prácticas de «brujería». La reacción fue inmediata. Lo que para ella era una interpretación espontánea, para miles de personas era la caricaturización de un símbolo profundamente ligado a la memoria política del Congo. Lumumba Vea no representaba un ritual místico sino que rendía homenaje a Patrice Lumumba, líder de la independencia congoleña y una de las figuras más importantes de la historia africana del siglo XX. Hurtado terminó ofreciendo disculpas públicas y reconociendo que había hablado desde el desconocimiento.
Sin embargo, lo interesante de este episodio no fue el error individual, sino el mecanismo que lo produjo. La discriminación no siempre adopta la forma explícita del insulto, pues también aparece cuando una cultura se interpreta exclusivamente desde las categorías de otra; cuando aquello que no se entiende se convierte automáticamente en extravagancia, superstición o exotismo. El problema entonces no fue una palabra desafortunada sino la ausencia de contexto. Y esa ausencia es, precisamente, uno de los riesgos permanentes del periodismo en eventos globales.
Algo similar ocurrió, aunque desde otro lugar, tras la eliminación de Paraguay frente a Francia. La senadora paraguaya Celeste Amarilla publicó una serie de mensajes racistas contra Kylian Mbappé en los que cuestionaba su origen y su identidad nacional, recurriendo a estereotipos que durante décadas han perseguido a futbolistas negros nacidos o criados en Europa. La discusión trascendió rápidamente el terreno deportivo porque volvió a instalar una pregunta que aparece cada vez con más frecuencia: ¿quién tiene derecho a representar a un país? La paradoja es evidente: en un Mundial de 48 selecciones, solo ocho disputaron el torneo sin futbolistas nacionalizados o con doble nacionalidad –Arabia Saudita, Austria, Brasil, Colombia, Panamá, República Checa, Sudáfrica y Suecia–, lo que demuestra que las selecciones multiculturales son cada vez más parte de la historia del fútbol y el reflejo de un mundo donde las migraciones, los desplazamientos y las identidades compartidas son la norma.
En este sentido, la respuesta de Mbappé fue significativa porque evitó caer en la lógica de la confrontación personal y, en lugar de devolver el insulto, lamentó que las declaraciones de Amarilla terminaran eclipsando el sobresaliente campeonato de Paraguay y dejó claro que una dirigente política no podía convertirse en la voz de un país entero. Con ese gesto desplazó la conversación del agravio hacia la representación y puso sobre la mesa la facilidad con la que un comentario discriminatorio puede terminar definiendo la imagen pública de toda una nación.
Si bien durante décadas este tipo de episodios permanecieron relativamente contenidos dentro de cada comunidad, a este Mundial internet le añadió un ingrediente completamente nuevo. Fue el primero atravesado por la traducción automática integrada en X y, de repente, los insultos entre hinchas dejaron de necesitar interpretación humana. Un mensaje publicado en inglés, japonés, árabe, francés o español podía circular de inmediato por conversaciones en cualquier idioma. Y aunque la tecnología no inventó la xenofobia, al eliminar las fronteras lingüísticas que antes fragmentaban esas conversaciones o limitaban su alcance, la plataforma y los algoritmos de Elon Musk sí propagaron una conversación global, simultánea y amplificada en su propio caos.
Los datos ayudan a dimensionar ese cambio. El Observatorio Español del Racismo y la Xenofobia (OBERAXE) registró 54.771 contenidos de odio y narrativas discriminatorias publicados durante el Mundial entre el 11 de junio y el 21 de julio. Más de la mitad estaban asociados al ámbito deportivo, una proporción muy superior a la registrada en periodos anteriores. Pero no se trató únicamente de un aumento cuantitativo sino que la Copa del Mundo mostró cómo las plataformas digitales pueden convertir el nacionalismo deportivo en un vehículo para la xenofobia, la discriminación racial, religiosa y de clase, incluso para la estigmatización de comunidades enteras. El Observatorio, que recoge de forma sistemática mensajes hostiles dirigidos contra futbolistas particulares, selecciones nacionales, aficionados y grupos vinculados a la competición, encontró que el 74 % de los contenidos analizados incluían mensajes que deshumanizan y degradan, y que las personas procedentes del Norte de África constituyeron el principal foco receptor de estos discursos de odio con un 66 % del total de mensajes detectados.
Paradójicamente, cuando parecía que el principal desafío consistía en moderar lo que las personas decían, apareció otro reto todavía más complejo: distinguir lo que nunca dijeron. Como mencionamos antes, durante el campeonato, la desinformación y la discriminación dejaron de ser fenomenos paralelos para alimentarse mutuamente. DSports, por ejemplo, denunció la circulación de audios y videos generados con inteligencia artificial que clonaban las voces de los periodistas Nicolás Haase y Leandro Zapponi para atribuirles comentarios racistas y xenófobos inexistentes. Con estas acciones la manipulación ya no buscaba únicamente fabricar una declaración falsa sino utilizar la credibilidad acumulada por periodistas reales para legitimar discursos de odio.
Frente a ese panorama, el reto del periodismo deportivo para el Mundial de Fútbol Femenino de 2027 o los Juegos Olimpícos de 2028 no va a ser solamente denunciar de forma tajante la discriminación cuando aparezca de forma explícita, sino poder identificarla a tiempo para no reproducirla cuando adopte formas más sutiles como la simplificación, el exotismo, el desconocimiento o la falta de contexto.
Fundación GABO