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Periodista Ramón Centeno a su madre: «Anda, volvamos a nuestro pacto de no abandonarnos nunca»

En una silla de ruedas y ante el ataúd, recordó el vínculo que los unió durante los años de prisión y la lucha incansable que su madre mantuvo por su liberació
Periodista liberado, Ramón Centeno, ante el ataúd de su madre.

Ante el ataúd de su madre y sin poder celebrar su excarcelación tras cuatro años de prisión, el periodista Ramón Centeno tuvo que despedirla. Con una emotiva carta en la que le pidió volver al pacto de nunca abandonarse, relató sus sentimientos por la pérdida de Omaira Navas y el combate que ella dio por lograr su libertad, esa de la que no pudo disfrutar.

Centeno está en silla de ruedas. Así pasó su encierro, al que fue enviado por ejercer su trabajo como periodista, pero acusado de reclutar funcionarios para actividades de narcotráfico. Durante todo este tiempo su madre, Omaira Navas, luchó por su libertad. Sus incontables diligencias nunca dieron fruto, hasta el pasado 14, cuando fue excarcelado en el marco del proceso iniciado tras los ataques estadounidenses del pasado 3 de enero.

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Hoy, en una silla de ruedas y ante el ataúd, recordó el vínculo que los unió durante los años de prisión y la lucha incansable que su madre mantuvo por su liberación.

El Sindicato Nacional de Trabajadores de la Prensa informó el fallecimiento de Omaira Navas el 27 de enero. «Ella fue una figura constante en la defensa de los derechos de su hijo y de otros presos políticos y murió tras sufrir un accidente cerebrovascular.

La carta de Ramón Centeno

Querida mamá: es un desafío el que me impone la vida. Sí, es un reto. Y te preguntarás las razones. Te las diré: hoy desperté y no te encontré. Abrí los ojos de madrugada y no estabas. Busqué tu almohada y la han desaparecido. Abracé tu espacio en la cama y solo había frío. Un frío que quema. Entonces, me abracé a mí mismo para sentirte. Esperé hasta el amanecer y pareciera que saliste muy temprano o te cambiaste de habitación. En cualquiera de los casos: ¡Vuelve, vuelve pronto! Vuelve para que salgamos a correr debajo de la lluvia como dos adolescentes recién enamorados. Ven de prisa, antes de la sequía. Vuelve mamá, regresa a mis manos para recorrer los caminos que dejaste sembrados de rosas. Rosas blancas, de esas que no se marchitan con el tiempo.

Anda, volvamos a nuestro pacto de nunca abandonarnos. Vuelve Omaira. Regresa para disfrutar del silencio en nuestras miradas cómplices. Llega. Llega a tiempo para correspondernos por cada ausencia de estos pasados cuatro años, cuando me arrebataron de tu compañía. Y sí, quiero enseñarte lo que aprendí en la cárcel: a escucharte sin que hablaras y a besarte sin tocarnos. A escribirte entre códigos y a escaparnos sin ser vistos. Ven. No te quedes fuera de casa. Te estoy esperando. Toca, toca el timbre o la puerta. O simplemente llega, yo sabré sentir tu presencia. Esa que ilumina mi vida. Esa que me ha hecho libre de las oprobiosas cadenas.

Mamá: ¿Para dónde te fuiste? Mamá: ¿Por qué no me avisaste? Pero si es verdad que te fuiste sin mí, te advierto que no dejaré de buscarte. Buscaré en los refugios de madres consentidoras. Me iré con mi morral hacia Los Andes y te buscaré entre los médanos. Recorreré con mi hatillo. Después iré a Los Llanos. Hasta San Juan de los Morros y revisaré sus calles para traerme tus pasos. Iré lejos. Te lo vuelvo a repetir. Iré hasta las selvas. Hablaré con los animales y preguntaré por ti. Hablaré con las orquídeas y las interrogaré: ¿Han visto ustedes a doña Omaira?

Y si me preguntan cómo eres. Diré bien duro: bella, irrepetible. Bajita y grande a la vez. Ojos de arcoíris y labios carmesí. En su pelo siempre lleva un prendedor: reluciente y fino. Les hablaré de tu forma de caminar y de tu refinamiento. Les voy a decir que eres incansable. Me subiré a los árboles y le hablaré al cielo: ¡¿me escuchan por allá?! ¿Está mamá por ahí? Y si papa Dios me dice que sí, a él le hablaré con mucho más amor.

Así como me lo enseñaste. Dialogaré con él y lo voy a convencer: Diosito, en tus brazos tienes a mamá, quiero que me la devuelvas. Sí, hoy, por favor. A más tardar mañana. Déjamela en el terminal que yo la buscaré, déjala ir porque me hace falta.

Extraño su olor, su valentía y su ejemplo. Devuélvemela, deja que la peine, le cante y le lea. Permíteme soñar, pero soñar con ella, con Omaira, la de la sonrisa amable, la viva, la de carne y hueso. Finalmente, amado Dios, dile a mamá que la seguiré esperando. Esperaré entre la nostalgia y las lágrimas, pero también entre la alegría y la felicidad. Esa felicidad de haber logrado una libertad que lleva su nombre. Mamá, sé que vas a leer esta carta y cuando la leas, por favor, respóndeme. Respóndeme y ven pronto.

EC

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