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Por qué la marca ya no es suficiente por sí sola para sostener la confianza en los medios

Composición realizada con la asistencia de Inteligencia Artificial

PORLLUÍS CUCARELLA

El autor del artículo aborda un cambio estructural en la relación entre los medios y su audiencia: la pérdida de la capacidad de la marca para sostener por sí sola la confianza, en un entorno donde esta se desplaza hacia voces identificables, formatos directos y contenidos cuya procedencia puede verificarse con mayor claridad. A partir de datos recientes y de la evolución del consumo informativo, el texto examina cómo este desplazamiento obliga a replantear el papel de las cabeceras, el valor de las firmas y la necesidad de incorporar mecanismos que hagan visible la autenticidad en un ecosistema saturado de contenidos indistinguibles.

La pérdida de confianza en los medios no significa que la audiencia haya dejado de buscar información. Lo que indican los datos es algo más incómodo para la industria de los medios: la confianza ya no se deposita de forma automática en la marca, sino que se desplaza hacia voces concretas, formatos más directos y contenidos cuya procedencia resulta más fácil de identificar.

En Estados Unidos, Reuters Institute sitúa ya a las redes sociales y plataformas de vídeo como primera vía de acceso a noticias, con un 54 %, por delante de la televisión (50 %) y de las webs y apps de medios (48 %). El cambio no es solo de canal. Es, sobre todo, de mediación. La noticia llega cada vez más a través de una personalidad, un vídeo, una newsletter o una comunidad, y cada vez menos desde la portada de una cabecera.

Ese movimiento coincide con un deterioro evidente de la confianza declarada en el periodismo. Pew Research Center señala que el 57 % de los adultos en Estados Unidos tiene poca o ninguna confianza en que los periodistas actúen en beneficio del público, incluido un 17 % que dice no tener ninguna confianza.

El dato no debe leerse solo como desgaste reputacional. También apunta a un problema de modelo. Durante años, muchas empresas periodísticas han intentado convertir la autoridad histórica de su marca en una propuesta de pago relativamente estable. Pero cuando la relación con la información se fragmenta y el usuario se vincula antes con una voz que con una cabecera, esa lógica empieza a perder eficacia.

Quienes llevamos los últimos años investigando esta pérdida de confianza y ayudando a medios a aplicar respuestas concretas sabemos que la clave ya no está solo en la marca, sino en cómo se demuestra cada día el valor editorial.

Por eso el problema de fondo no es únicamente de credibilidad, sino de redistribución de la confianza. Esta no desaparece: en parte, cambia de sitio. Se transfiere desde la institución abstracta hacia personas identificables que ofrecen recurrencia, tono, selección y una sensación de proximidad mayor.

Para los medios, eso obliga a revisar una convicción histórica: la de que primero está la marca y después la firma. En muchos entornos digitales empieza a ocurrir al revés. La firma, el experto o el creador se convierten en la puerta de entrada, y la cabecera queda como estructura de respaldo, edición y legitimidad. Ese cambio no elimina el valor de la marca, pero sí reduce su capacidad de actuar sola como garantía suficiente.

A esa tensión se suma otra más reciente: la sobreabundancia de contenido generado con inteligencia artificial. Cuanto más crecen los materiales sintéticos, reescritos o de procedencia confusa, más valor adquiere aquello que puede demostrar quién lo hizo, cómo se hizo y qué intervención humana hubo en el proceso.

Ahí es donde empieza a ganar relevancia C2PA, el estándar de procedencia y autenticidad para contenidos digitales. Su interés para los editores no está en prometer verdad automática, porque el propio estándar deja claro que la procedencia no certifica por sí sola que un contenido sea verdadero o exacto. Lo que sí permite es verificar que la información de origen y edición asociada a un activo no ha sido manipulada y que está vinculada de forma comprobable a ese contenido.

Eso introduce una novedad importante en la propuesta editorial. Durante décadas, buena parte de la credibilidad de los medios descansaba en una confianza declarativa: confiar en la cabecera porque esa cabecera respondía de lo publicado. En el nuevo escenario, esa lógica empieza a necesitar una capa adicional de verificabilidad. No basta con afirmar rigor. Hace falta hacerlo visible. En un ecosistema saturado por piezas indistintas y producción automatizada, la autenticidad verificable puede convertirse en un atributo de producto, no solo en una cuestión técnica.

La implicación estratégica es bastante clara. Los editores necesitan, por un lado, periodistas y especialistas capaces de construir relación directa con la audiencia en formatos donde hoy se juega la atención.

Y necesitan, por otro, mecanismos que refuercen la autenticidad y la trazabilidad de lo que publican.

La confianza ya no se reconstruirá solo con campañas de marca ni con más volumen de contenido. Se reconstruirá con vínculo humano y con pruebas de procedencia. En un mercado donde casi todo tenderá a parecerse, eso puede acabar siendo una de las pocas diferencias realmente defendibles.

LABORATORIO DE PERIODISMO

FUNDACION LUCA DE TENA

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