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Los juegos teatrales del poder

Representar es mostrar la realidad desde la simulación, práctica tomada del teatro. Aplica en distintos ámbitos, en especial, la política. La historia interpretada o reinterpretada se justifica en sí misma, por lo que no hay culpas cuando el poder viola derechos humanos, ataca instituciones, deforesta o pone en riesgo la vida de miles de personas, aquello suele tomarse como “daño colateral”.

La  performance política toca, incluso, temas políticamente inconvenientes para el gobernante. Lo hace porque es difícil dejarlos de lado. Es tal la brutalidad de ciertos acontecimientos, que su ocurrencia desata críticas que ponen en entredicho la prédica oficial de enfrentar la corrupción, los privilegios, disminuir la pobreza o combatir a los violentos.

Igual que una puesta escénica convencional, el teatro político cuenta con un aparataje, personas y elementos escénicos que lo hacen posible. Podría decirse que el acto escénico y el político son semejantes, en tanto, los actores construyen personajes que muestran en escenarios determinados. Se diferencian en el compromiso. El actor teatral está formado con mística y ética. Se empeña en que aflore la verdad actoral, en emocionar a sus espectadores y que éstos acepten la historia ficcionada como real. El actor político, en cambio, se planta en escena para mostrar su verdad. Su trabajo, que es su responsabilidad, lo representa como un favor. Espera ser retribuido, obtener ganancias y ventajas. No emociona, convence. Persigue el aplauso inmediato. Ser portada el día siguiente. Todo ello lo convierte en un ser vulnerable, expuesto a la crítica, desnudo ante las audiencias.

El suplantar constantemente la realidad se convierte en un ser calculador, aunque intempestivo. No ensaya, improvisa. Metamorfosea los hechos sin ocultar evidencias del engaño. Prefiere los espacios abiertos, masivos, a salas pequeñas e íntimas, procura que el espacio se compare a su grandeza. Convoca medios, cámaras, micrófonos y se garantiza los aplausos acarreando aduladores. Si en su representación hay abusos o improvisación se disculpa culpando a otros: gobiernos anteriores, la prensa… Devela complots y atentados que asegura los orquestan agentes internos y externos, en perjuicio de la “seguridad nacional”.

No hay nada más cierto que el teatro es una suma de símbolos que no faltan, en La política teatralizada. En ella todo está pensado para crear euforia y llenar de entusiasmo a los espectadores-votantes-ciudadanos-seguidores, aunque también aturda y decepcione.

Se dice que para que haya teatro no se precisa de vestuario o escenografía, sólo cuenta el actor. No obstante, las compañías giran con maletas llenas de ropajes. El vestuario es un valor agregado. Los hay de época y de circunstancias. Permiten al actor enfatizar la personalidad de su personaje. Arrogante, estridente e incontenible como Hugo Chávez, Donald Trump o Jair Bolsonaro. Justiciero como Nayib Bukele, étnicos como Evo Morales o Pedro Castillo, líderes sindicales como Lula Da Silva o Nicolás Maduro. En ocasiones, una obra política recién estrenada precisa de nuevos atuendos, que transmitan sensaciones diferentes en la audiencia: prudencia, imparcialidad, no injerencia. El actor ayuda  a este cambio. Requiere un paréntesis entre su hoy y sus actuaciones anteriores. Su nueva apariencia impone también una renovada histriónicidad, como sucede hoy con Andrés Manuel López Obrador.

El ejercicio actoral reúne a protagonistas y antagonistas. Transitan por las escenas, se confrontan mediante diálogos, ataques, descalificaciones, acusaciones preñadas de verdades y mentiras. Cada quien en su línea, en su rol. Es posible que el contrapunto haga aflorar frases trascendentales que entran en la conversación cotidiana o conforman la agenda comunicacional.

El teatro político tiene claro que la mejor comunicación es la desinformación. El guion oficial debe prevalecer sobre cualquier otro, lo que instaura una suerte de cacería contra quienes denuncian o develan verdades incómodas a la estructura de la obra de gobierno. Lo dicho, lo publicado, se toma como ataque al que se responde virulentamente, bajo improperios, victimizándose. La nota periodística se convierte en panfleto, aunque pocas veces se desmiente lo dicho. El actor político crea monólogos que inflan el ánimo de sus seguidores, los aúpa soterrada o descaradamente a seguir el discurso oficial como una orden, a cobrar el desagravio.

Denunciar la corrupción u otra situación límite como desapariciones forzadas, feminicidios, violencia generada por cárteles de la droga, grupos paramilitares o guerrilla, tiene consecuencias.

El actor político que en el  pasado inmediato lideró grupos vecinales o gremiales, aupó la desobediencia civil, llamó a no votar, cantó fraude en cada proceso electoral que le fue adverso, que enarboló banderas por la reivindicación de los derechos de la mujer o para salvar el planeta, hoy, desde el poder, descalifica esas luchas, las cataloga como actos subversivos e innecesarios dentro de un “Estado de derecho”. Acciones perversas que desestabilizan, escaramuzas neoliberales contrarias al “modelo” de gobierno que se representa, que el discurso oficial asocia con los intereses del pueblo. Acto seguido, agrega a su parlamento la propaganda llámese Quinta República, Cuarta Transformación o Make América Great.

Tarde o temprano los excesos, la sobreactuación, la soberbia que da el poder, la falta de diálogo, actuar de espaldas al espectador, trae consecuencias. Induce a que la audiencia, en vez de aplausos ofrezca olvido, que catalogue con repudio la obra, que sienta abulia por una actuación repetida, sin alteraciones, aunque en la marquesina ésta se defina como “nueva”, renovada, revolucionaria, el cambio. Una obra sin guion, sin discurso sin sustento ideológico.

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